UNA
ALUMNA MUY ESPECIAL
Caroline
pertenecía a la alta burguesía británica, era la hija de
un prestigioso abogado de la ciudad de Londres. Vivían de forma lujosa
en un ático de una zona residencial de la ciudad. Ahora tiene 15 años
y es una muchacha caprichosa y desorientada, ya casi ha superado la adolescencia,
al menos en lo que a su físico se refiere, porque su cuerpo ha completado
su total desarrollo. Es una inglesa típica, de piel muy clara, la cara
pecosa, nariz respingona. Los ojos azules, grandes, quizás demasiado pero
sin que consigan aclarar su agraciada cara, sino dotarla de carácter. Tiene
unos labios gruesos y sonrosados. Le gusta mucho maquillarse, pero sólo
lo puede hacer en ciertas ocasiones, sus padres no son demasiado tolerantes y
casi todo lo que hace, mejor dicho, lo que le gustaría hacer les parece
escandaloso. Es alta y esbelta y tiene unos pechos grandes, usa la talla 95, a
veces se siente acomplejada, como hace un año, cuando ya había alcanzado
ese volumen y era la chica con los mayores senos de su clase, pero últimamente
se ha dado cuenta que eso excita a los chicos, bueno, no sólo a los chicos,
en ocasiones ve como hombres, jóvenes y maduros se fijan en sus tetas (es
evidente, se quedan mirándolo) y se siente segura, se siente deseada, se
siente muy mujer. Es lo que se dice una chica muy mona, una niña caprichosa,
porque su cuerpo no está en concordancia con su madurez mental.
Ya ha tenido sus primeros escarceos con chicos, besos robados en la oscuridad
de una discoteca, magreos y sobeteos en situaciones parecidas y algún orgasmo
producido por los hábiles dedos de algún muchacho más avanzado
o por ella misma. Así es, hasta ahora ella es la artífice de su
mayor placer, lleva ya años dándose gusto y cada vez le gusta más.
Es una lástima, pero sus padres no la dejan salir apenas y ella está
ansiosa por probar todo aquello que imagina. La vez que se la chupó a aquel
amigo en el coche le encantó, le gustó sentir aquel trozo de carne
caliente y palpitante en su boquita, lamer el capullo del muchacho, tocar sus
cojones con sus manos, incluso se los pellizcó con sus uñas, Se
dio cuenta del dominio que había sido capaz de ejercer sobre el chico,
con el movimiento de su lengua, la presión de sus manos, el tacto de sus
labios de coral. Y él estaba tocándola mientras tanto, introducía
un dedo en su entrepierna mojada, no era muy hábil, pero el roce con su
clítoris y la morbosa situación, una calle oscura, cerca de los
clubs de moda de Londres, en un coche, a altas horas de la noche, la estaba excitando,
así que notó que aquel falo era cada vez más grande y se
movía golpeando su paladar. Se puso nerviosa, temía atragantarse
y el muchacho jadeaba y la frotaba cada vez con más fuerza, casi le hacía
daño. Se dio cuenta que él se iba a correr, le dio miedo y un poco
de asco e intentó apartarse, pero la mano libre del chico se lo impidió,
apretó su cabeza y se la clavó contra su polla, mientras el semen
brotaba, manaba a borbotones y se le escapaba por la comisura de los labios, corriendo
los restos de su maltrecho carmín. Aquello la volvió loca, notó
cómo el gesto dominante del muchacho, impidiendo sacar el falo de su boca,
hizo surgir de su interior una corriente caliente, una marea de placer que se
desbordó entre sus piernas a la vez que el semen inundaba su boca, el líquido
salado, casi atragantándola y los dedos, aquellos dedos torpes, complementaban
el resto. Se corrió, sí, se corrió como nunca lo había
hecho y siguió prolongando su placer todavía por unos instantes,
después de que el muchacho acabara y ella misma se siguiera acariciando
su clítoris. Había sido su experiencia más completa e intensa
y estaba deseando ir más allá, le encantaba lo que iba conociendo
del sexo.
Pero no tenía muchas oportunidades, sus padres eran muy estrictos y ella
conflictiva y maleducada en ocasiones, lo que hacía que estuviera castigada
muy a menudo. Además Caroline había suspendido este verano, sólo
una, las malditas matemáticas y estaba a punto de no ser admitida en el
prestigioso colegio que le esperaba para el próximo curso. Sólo
las influencias de su padre habían impedido que ya hubiera sido rezada,
así que habían decidido tomar medidas, aquel verano no habría
vacaciones, sólo podría salir dos o tres veces por semana para hacer
deporte, o dar un paseo, ir al cine... con alguna de sus amigas, siempre volviendo
a casa muy temprano y estando localizable a todas horas con aquel maldito teléfono
móvil, regalo envenenado del cumpleaños del año pasado.
Y para completar la escena el profesor McAdie, un estricto hombre de unos treinta
y tantos años que sus padres habían contratado para dos horas diarias
todo el verano, Le habían dicho que no sólo necesitaba clases de
matemáticas, sino modales y buena educación y que le daban luz verde
para que aplicara los métodos necesarios. Los padres de Caroline eran unos
reaccionarios y aprobaban los castigos corporales, recientemente eliminados de
la escuela británica tradicional. Así de claro se lo explicó
el padre de Caroline y él mismo exhortó al profesor McAdie a emplear
la dureza que estimara necesaria sin escatimar los castigos necesarios.
McAdie
era un tipo elegante, llegó el primer día con un traje oscuro, corbata
de seda color Burdeos y camisa blanca. Habló con Caroline y le expuso el
plan de trabajo, ejercicios diarios y castigos severos en caso de no realizarlos.
Quiso dejar claro que contaba con la aprobación de su padre para castigarla
con la dureza necesaria, incluso castigos corporales si lo estimaba oportuno.
Tras la primera clase, una breve explicación y la tarea para el próximo
día, McAdie se despidió.
Caroline se había sentido morbosamente
atraída por él, un hombre maduro para la edad de la chiquilla, pero
a la vez atractivo, de facciones vigorosas y varoniles, moreno, con el pelo muy
negro, surcado por algunas canas, unos labios gruesos, carnosos y bien formados
y aquellos ojos de mirada penetrante. Sus manos eran estilizadas, con dedos largos
y que se movían de manera precisa, surcados por venas que le daban un aspecto
fibroso, de deportista, como corroboraban su delgadez y sus anchas espaldas. Su
vestimenta seria y elegante completaban su atractivo.
Todo ello había puesto algo nerviosa a Caroline cuando el Sr McAdie se
presentó en la casa al día siguiente. Se había vestido con
el uniforme del colegio, una camisa blanca, con un botón desabrochado de
más, la faldita plisada gris por la rodilla y medias blancas con los mocasines
planos de color negro. Llevaba el pelo recogido en una coleta. La ropa de McAdie
era la misma que le había gustado el día anterior. Lo primero que
hizo fue pedirle los ejercicios y ella contestó:
- Lo siento, no pude hacerlos.
- ¿Tiene alguna justificación
para ello? - Contestó McAdie con tono severo.
- No señor, no
tuve ganas de hacerlos - contestó ella con descaro. Esto enfureció
a McAdie que sin embargo no dio muestras de ello, mientras pensaba para sí:
"Te vas a enterar, mocosa".
- Srta Caroline, apóyese en aquella
silla, su vientre sobre el asiento
- Pe...pe...pero - Balbuceó ella.
- ¡Haga lo que le ordeno! - Rugió la voz del hombre.
Ella se recostó en la silla, sus nalgas quedaban hacia arriba, por encima
del asiento y su cuerpo colgaba hacia delante, con la piernas cayendo por detrás.
Se estaba poniendo nerviosa, pero a la vez una extraña excitación
recorría su cuerpo, se sentía turbada. McAdie se levantó
y sacó de su maletín una regla de madera. Ella vio cómo sus
manos, firmes, la empuñaban, marcándose las venas, le volvieron
a gustar aquellas manos en las que ya se había fijado a pesar de que no
presagiaban nada bueno para ella, quizás eso fue lo que empezó a
excitarla. Él se acercó a ella y levantó su falda. Sus nalgas,
tapadas por una braguita blanca quedaron al aire. El castigo comenzó. Golpeó
sus nalgas con severidad firme, varias veces, sin dudar, pero sin ensañarse.
Ella notaba que se excitaba y miraba de reojo la entrepierna del hombre, creía
ver cómo se abultaba tras el pantalón, ¿o era sólo
su imaginación? El golpe de la madera en sus nalgas hacía que se
humedeciera su sexo, junto con la voz firme del hombre contando:
- ¡Cinco!
Le dio 10 azotes tras lo cual le dijo: - Incorpórese y sigamos con la clase.
Ella se levantó, excitada, sentía la humedad de su sexo, aquella
situación de dominio le había producido una excitación morbosa
desconocida, era parecido a cuando notó las manos del muchacho apretar
su cabeza contra su glande para engullir su semen, aquello le provocó el
orgasmo, ahora su excitación era parecida. Se sentía turbada y de
manera sumisa pidió al Sr McAdie:
- Podría ir al baño,
por favor.
- Sí, pero vuelva lo antes posible.
Caroline se sentó en el inodoro, se levantó la faldita y se bajó
las bragas. Comenzó a acariciar su clítoris, notaba su sexo empapado,
estaba más excitada que nunca, comenzó a imaginar y se dejó
llevar por su mente calenturienta:
"...¿Señorita, hoy tampoco ha hecho los deberes? - Preguntó
MaAdie enojado.
- No Sr McAdie, no me dió la gana.
- Bien ya sabes
lo que te espera, de momento colócate sobre la silla. Luego hablaré
con tus padres.
Se acercó a ella, tendida e indefensa como estaba y vio acercarse regla
en mano al profesor. Éste levantó su falda y vio su trasero desnudo,
inicialmente se quedó cortado, pero dijo con ironía:
- Vaya, tampoco le da la gana de llevar braguitas, no crea que esto le va a librar
del castigo - Pero no se quedó en la misma posición, sino que giró
hasta situarse al otro lado de la silla, con la espalda de la muchacha rozando
sus piernas. La cercanía del hombre excitó aún más
a Caroline que notó cómo caía la regla sobre su trasero y
se iba humedeciendo todavía más. Deseaba algo más que aquellos
golpes que tanto le calentaban, así que alzó sus manos atrevida,
ya fuera de la realidad, y comenzó a sobar la entrepierna de su profesor
por encima del pantalón. Este quedó inmóvil, su primera reacción
fue dejar de golpearla, pero Caroline gimió:
- Huuuuummmm, no pare Sr McAdie, me pone muy caliente. Él la golpeó
de nuevo, pero ahora más suavemente, como recreándose en ello. Le
pasó la mano por las nalgas, rozando su sexo que notó muy húmedo.
Era un coño con poco pelo, no estaba afeitado, por supuesto, pero sí
poco poblado. La muchacha gimió, se excitó aún más
y abrió la bragueta, comenzó a palpar aquella polla, que delataba
la excitación del hombre. La sacó, pero aún no podía
verla, por lo que levantó su cabeza, echó su melena hacia atrás
y allí la tenía, era un bonito pene. Con la mano tiró hacia
atrás de la piel que cubría un sonrosado glande, brillante y un
poco húmedo. Le encantó verlo tan cerca, un pene de hombre, hecho
y derecho, a la luz del día y en su propia casa, allí mismo, delante
de su cara, parecía estar diciéndole cómeme. Y eso fue precisamente
lo que hizo, comérselo. Se lo metió en la boca con ansia y glotonería,
tanta que McAdie exhaló un suspiro de placer y gimiendo dijo entre dientes:
- Vaya, parece que no es usted tan mala alumna para ciertas cosas.
Caroline se excitó aún más al ver que al hombre le gustaba
cómo se la estaba mamando. Levantó un poco su culito, poniéndolo
en pompa, como queriendo invitar al hombre a que intensificara sus caricias. Así
lo hizo, sus dedos hábiles competían con la lengua de la muchacha.
El intercambio de sensaciones placenteras era muy intenso. Sus dedos pellizcando
su clítoris, frotando sus labios vaginales y jugueteando con el agujero
de su ano. Empezó a dedicarse a su ojete, llenó sus dedos de saliva
y empezó a estimularlo haciendo círculos a su alrededor. La muchacha
dejaba escapar gemidos de su boca llena y su lengua lamía con ansia todo
el capullo, de arriba abajo, con una mano sujetando aquel tronco poderoso y la
otra sumergida en el interior de los calzoncillos, palpando, sopesando, sobando
aquellos poderosos huevos llenos de leche caliente. McAdie dijo lo que estaba
deseando oir, sonó su voz firme y potente.
- Señorita Caroline, la voy a penetrar, su boca ha hecho un trabajo excelente
y es hora de pasar a otro de sus orificios.
- Pero, pero señor, aún
soy virgen, ¿no cree usted que debo seguir así?
- Por supuesto,
bonita, no pensaba sino penetrar tu culito, así tu primera penetración
vaginal, cuando te llegue, será aún más placentera.
Ella se sintió excitadísima ante la idea de ser penetrada analmente,
además confiaba en el hombre. Le suponía experto y sabedor de penetrarla
con el mínimo dolor y máximo placer, así que intentó
relajarse y disfrutar a tope de la situación.
Notó que su ano se mojaba, supuso que era la saliva del profesor y mientras
un dedo le frotaba el agujerito, una lengua, (la de McAdie, situado detrás
de ella) lamía su entrepierna ¡QUÉ GUSTAZO! ¡SE ESTABA
DERRITIENDO DE PLACER! Notó el pene, duro, gordo, del hombre acercarse
a su culito, mientras los dedos no dejaban de estimular la flor de su placer.
Aquel rabo grueso presionaba su entrada y notaba cómo la iba abriendo,
avanzando poco a poco por su estrecho ano. Le dolía, pero le excitaba y
además sus dedos expertos le frotaban su sexo con maestría lo que
contrarrestaba aquella sensación de dolor placentero o placer doloroso.
Volvió a sentir la difusa frontera que separa el dolor del placer y se
asió a las patas de la silla para dejarse envolver por aquella ola de sensaciones
nuevas que la invadían.
Ya estaba totalmente dentro de ella, podía notar notar aquel hermoso falo
en su interior, golpeando los huevos entre su culo y su coñito, tan bien
sobado que se sentía derretir de placer de un momento a otro. Así
se estaba derritiendo de gusto, mientras su culito era penetrado, una mano de
McAdie acariciaba su sexo, desde el clítoris hasta la parte más
cercana a aquel rabo que entraba y salía de su culo, con la otra mano le
acariciaba las tetas, metiéndole mano entre la blusa por debajo del sujetador,
pellizcando sus pezones. Se sentía morir de gusto y comenzó a gritar:
- Más fuerte, señor, siga, me está matando de placer - Mientras
se corría en un orgasmo largo e intenso, notaba cómo ardía
su interior y toda ella se estremeció, el placer manaba de sus sexo y en
la locura del orgasmo sintió el pene de McAdie escurrirse por el culo y
un líquido caliente le golpeó en la espalda: "sin duda se ha
corrido, no pudo aguantar más", pensó y eso la hizo sentirse
toda una mujer y hacer que su orgasmo fuera más intenso si cabe..."
Caroline se sintió sobresaltada, aquel grito la había sacado de
su ensimismamiento:
- Señorita, ¿se encuentra bien? El señor
McAdie me ha hecho ir a buscarla, lleva 20 minutos en el baño.
Era Madeleine, el ama de llaves. Caroline salió de su ensoñamiento,
allí se hallaba, sentada en el inodoro, sin bragas y con los dedos empapados
por sus flujos. Se encontraba feliz, acababa de tener el mejor orgasmo de su vida
y sólo acertó a contestar:
- Ahora mismo salgo, estoy perfectamente.
Bueno, había que regresar a las lecciones. "Después de todo
igual no era tan malo aquello de las clases con el señor profesor"
Pensó mientras se subía las bragas y se arreglaba dispuesta a salir
como si nada hubiera pasado.
CONTINUARÁ
Para cualquier comentario, mi dirección es
sir_manticore@yahoo.es