Tenía 28 años y todavía andaba haciendo el imbécil
con un grupo de estúpidos con parecido grado de subnormalidad que él.
Hablaban de tías utilizando seis palabras: macizona, chochorrico, tíagüai,
estrecha, esalotragatodo y quépolvazotiene; de fútbol con nueve
palabras y para las demás cosas de la vida usaban tres o cuatro expresiones
más.
Cuando andaba con los amigotes se lo pasaba bomba haciendo cosas sin sentido,
como ellos: escupían, tiraban cubos
de basura, fanfarroneaban con los viandantes y amenazaban a las chicas con echarlas
un polvo. En esos momentos; aunque supiera que eran simples tonterías,
pasaba por su espesa mente una fantasía, que luego volvería al llegar
a su casa. No podía quitársela de encima; pero tampoco quería
que se fuese, le fascinaba poder acceder con su pensamiento una y otra vez a aquella
escena: una mujer sola volvía a su casa, caía la noche, era bastante
mayor que él, llevaba un vestido de falda ajustada y el pelo recogido en
un moño con horquillas invisibles.
Él,
escondido, la veía acercarse, ensimismado y con la mirada fija en la abertura
de la falda que a cada paso dejaba una décima de segundo al descubierto
la parte interior de un muslo. De pronto, salía de su escondite y la asustaba,
aprovechaba la sorpresa de la mujer para abordarla y apoyarla contra la pared.
Para llegar al éxito todo debía transcurrir muy deprisa y con una
sincronización perfecta: la primera acción taparle la boca con la
mano, después arrancarla violentamente la blusa, observar tres segundos
sus pechos latiendo con desesperación, liberar uno y chupar con fruición
el pezón saliente, cálido y rígido por el susto, sentía
en su lengua, al presionar, todo el contorno y el relieve de aquel pezón
duro que se mostraba temeroso y desafiante a la vez. La boca se le llenaba de
saliva atraída por una excitación en aumento. La situación
le iba subiendo todos los niveles, la estaba aplastando con su cuerpo que iba
moviéndose con ritmo irregular y compulsivo, prefería que no le
ofreciera demasiado resistencia, que siguiera paralizada por el miedo. Luego aprovecharía
para meter la mano por debajo de la falda y llegar a su braguita, fina y elegante,
por supuesto, y en un tirón seco la arrancaría. Todo iba perfecto;
pero...
Aquí terminaba siempre; su corta imaginación no le dejaba ir más
allá, no era capaz de coordinar las acciones siguientes ni siquiera en
su mente; quizás era mejor así porque, a decir verdad, también
le asustaba a él; pero se sentía algo frustrado, lo había
visto en las películas y el malo sí que coordinaba hasta forzar
a la víctima. Además al llegar a este punto, llevaba ya un ritmo
tan frenético y compulsivo que sus cuatro neuronas ya se habían
interconectado para entregar de mala gana un orgasmo siempre insuficiente. Era
una auténtica pena.
Aquel día había bebido una mezcla rara de licores, no le gustaba
nada, pero ya se sabe que todo un hombre no puede flaquear ni dudar delante de
sus amigotes, ni tratándose de mujeres ni de bebida. Se encontraba un tanto
raro, demasiado eufórico para ir ya a cenar a casa, por eso se propuso
hacer realidad su continua fantasía.
Se acercó a una de esas urbanizaciones para ricos donde abundan las tías
buenas, saltó la valla y se escondió tras un árbol, cerca
de un chalet. La cabeza le daba vueltas a veces con una extraña y desagradable
sensación. Veía, de vez en cuando, pasar grandes coches lentamente,
los ricos cumplen sus normas y circulan despacio, se dijo, hasta que observó
cómo uno se detenía ante las puertas de un chalet cercano. Con paso
apresurado, casi corriendo se fue acercando; estaba convencido de que le había
llegado su oportunidad.
De aquel cochazo salía una mujer que pretendía abrir el portón
de la verja; ahora o nunca se dijo y en un arranque increíble de atrevimiento
la amarró fuertemente por la cintura, la levantó y la aprisionó
contra el poste de la valla, la mujer dio un grito y en ese momento se acordó
del plan, ¡Estúpido! ¡Primero hay que taparle la boca! Y, volviéndola
de repente, la colocó su manaza en la boca, vio por un instante sus ojos
llenos de incredulidad y sorpresa y evitó su mirada, ya no gritaría
y además podría oír sus amenazas. Todo estaba en marcha.
Con fuerza agarró la blusa y lo arrancó todo, collares, botones
y sujetador. ¡Qué espectáculo!, ¡Qué dos tetas!, Mejor de
lo que esperaba, esta vez sí que merecían ser trabajadas bien a
fondo, ¡Cómo latían con ritmo acelerado por el miedo!, Era como
en la fantasía, quizás mejor.
En ese instante sintió un agudo pinchazo en la nuca y la mente se le puso
en blanco, se le pasó pronto, era la tensión del momento se dijo.
Volvió a su tarea comenzando a magrear con su mano libre esas tetas ya
liberadas y en todo su esplendor, jugueteó un momentín con el pezón
que poco a poco se fue erizando y se lanzó a por él con ansia. Toda
su boca se llenó de aquella preciosa tetilla, caliente, amorosa, delicada
y sinuosa por cuya suave piel, la lengua salivosa iba explorando con deleite.
Siguió con su hermoso pezón, lo aplastaba, jugueteaba con él
con la punta de la lengua, le mordía con delicada pasión, estaba
ensimismado en su juego, se estaba entreteniendo demasiado, pero no lo podía
dejar, era un festín demasiado exquisito para un patán como él
y quizá no volviera a tener la ocasión. Sentía como en el
interior de su cuerpo todo se estaba removiendo, y la sangre empezaba a circular
a velocidades prohibidas.
Todavía
dio unas últimas lengüetadas antes de pasar a la siguiente fase, dejándolo
con disgusto; pero tenía que seguir, estaba de pie y algo incómodo
por lo que la obligó a tumbarse en el suelo, así sería más
fácil dominarla. Su mano se dirigió con rapidez a la entrepierna
de aquella mujer, ya entregada a él a la fuerza, y la detuvo un instante
al calor de aquellos suaves muslos, la paseó delicadamente por su interior
y al posarla sobre su sexo notó cómo palpitaba ligerísimamente.
Ya estaba cegado por la excitación, sacó con dificultad su polla
que ya pedía a gritos ser liberada y se la mostró tiesa, vibrante
y dura como el mástil de un barco. Esta va a ser para ti, sé buena.
Arrancó de un tirón las bragas y apareció aquel triángulo
prohibido que era incapaz de llegar a ver en sus sueños. Por un momento
se quedó mirándolo alucinado. ¡Es increíble! Por fin puedo
ir más allá. La mujer ya no se movía, era como un sueño
real. Acarició aquel coñito con dulzura y pasó sus dedos
por la rajita, caliente, palpitante, húmeda, y les deslizó arriba
y abajo varias veces. Poco a poco llegaba el fluido y todo se lubricaba haciéndolo
más fácil, más suave, más placentero para él
y la mujer que comenzaba a respirar aceleradamente. No podía creérselo,
él, todo un bruto comportándose con una delicadeza impropia de su
clase, era extraño, ¿De dónde le salía la inspiración?.
Como un consumado artista agarró su ansioso cipote y lo acercó a
la entrada de aquel anhelante chochito, lo frotó, lo restregó y
lo paseó por todo él antes de dar la embestida final que haría
desaparecer su verga, repleta de pasión, en aquel túnel placentero,
deseoso y complaciente, que le dio la primera descarga de gusto, seguida de otra
y otra y así en una vertiginosa carrera que, a cada rítmico movimiento,
iba alfombrando el camino de algo maravilloso que iba llegando. La vara tiesa,
entraba y salía, entraba y salía de forma desaforada, cada latido
la agrandaba y la contraía dejando pequeñas burbujas de placer,
mientras ella se abandonaba ya al disfrute total.
Era algo imparable, primero llegaron las deliciosas burbujitas, luego las gozosas
sacudidas y una erupción liberó grandes cantidades de un dulce y
delicioso gustirrinín que fue expandiéndose lentamente por todo
el cuerpo, subía mansamente hasta la boca y bajaba tembloroso hasta las
puntas de los pies. ¡Dios mío, qué estaba pasando! Todo mi cuerpo
se agitaba en un espasmo nunca visto.
Creo que le has atizado demasiado McCorkindale, mira cómo se convulsiona.
El muy cabrón se lo merecía, ¿no es así señora?.
Sí, por supuesto, mire cómo me ha dejado la blusa, y todo para querer
quitarme este collar de fantasía. No lo entiendo, pobre chico, qué
creía, que íbamos a estar sin protección.
Central, aquí Stappleton, patrulla de vigilancia 5, necesitamos una ambulancia
en el 17 de Gardens Street, ha ocurrido un 05 y tras un forcejeo y resistencia
a la autoridad se le aplicó un 13 con resultado 66, el chico está
inconsciente.
Abrió los ojos, no entendía dónde estaba ni qué hacía
allí, en una camilla y con gente mirando, le dolía la cabeza; pero
no le importaba.
Sonreía,
había capturado una escena, quién sabe si real o fantástica,
le daba igual, y la había consumado. Su cuerpo aún guardaba el dulce
relax del orgasmo consumado, sus neuronas por primera vez se habían comportado,
y quizás, le habían redimido de su estúpida existencia.