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Cuentos Eróticos

ACABARÉ DE FOLLARTE EN EL INFIERNO, MUÑECA

Sábado, 6 de Mayo de 2.000 15:47

Ciego por la excitación, dominado por la furia, la alcé las piernas y dispuse mi envarado instrumento para una potente y exultante entrada. Ella, allí tumbada, asustada y viendo la violencia en mis ojos, apoyó sus pies en mi pecho y haciendo palanca me empujó fuertemente hacia atrás.

UN MES ANTES

Era el rey de los hijos de puta, no respetaba nada y me sentía ufano y orgulloso de mis andanzas. Había penetrado con malas artes y violencia a la hermana de un amigo de la pandilla. Ahora que lo pienso bien fue realmente penoso; pero terriblemente excitante. Estábamos en su casa viendo un partido de fútbol, su hermana andaba revoloteando por allí, haciendo bobaditas y logró que me fijara en ella: buen talle, piernas largas y con falditas, y unas tetitas aún por desarrollarse plenamente. Ya no hizo falta más, había logrado despertar la bestia interior y ya no lograba concentrarme en nada. Le mandé al hermano a por unos pastelillos y palomitas en el descanso del partido y me lancé a la habitación.

Algo en mi aspecto la advirtió qué quería, porque se acurrucó como un gatito. Sólo la dije: ¡Quítate las bragas, rápido! ; si no te daré una paliza a ti y al estúpido de tu hermano. Ella se resistió no dando crédito a lo que estaba viendo. Ya me había bajado los pantalones y asomaba desafiante el ariete. ¡Vamos, no tengo tiempo y quieras o no te voy a follar!. Me lancé sobre ella inmovilizándola más de lo que el susto la tenía, la desgarré sus braguitas y busqué ávido su dulce agujerito. La tapé la boca para que no me molestara con sus lloriqueos y gritos y vi cómo sus ojos se desorbitaban cuando, una vez localizado y dispuesta mi arma, con un fuerte empujón me introduje en ella, groseramente, sin ningún cuidado, peor que un animal.

Me movía como un cerdo mientras la muchacha lloraba, procurándome, a la fuerza, un deleite asqueroso. No pensaba en las consecuencias, estaba en fase animal total. Un minuto más de forcejeos, entradas y salidas. Ya había casi conseguido lograr un ritmo cuando oí al hermano abrir y cerrar la puerta de la casa. ¡Me había olvidado por completo, ciego en mi tarea! Salté hacia atrás, me levanté el pantalón como pude y volví por el pasillo al salón.

He ido a echar una meada, le dije aún azorado, mientras nos acomodábamos nuevamente en el sofá a comer palomitas. Soy un cerdo, pensé, y un animal peligroso que no puede atar su instinto.

15 DÍAS ANTES

Estaba tomando el sol en la terraza del chalet de un colega, llegó su novia y quitándose la ropa delante de nosotros se quedó en un minúsculo bikini. La tía no es que estuviera muy buena; pero era una tía, y su cercanía, casi desnuda, bastaba para activar el mecanismo en un elemento como yo, que emplea el 95% de su cerebro en maquinaciones sexuales y urdir estrategias con el único fin de lograr follarme algo, sin grandes escrúpulos; así de fuerte era la llamada del sexo, que me tenía adicto perdido.

Desde el primer minuto no paraba de echar miraditas a la chica y ella a mí, de cara no era muy atractiva; pero tenía un buen culo y unos muslos incitantes. Empecé a ver visiones y, en mi escasa imaginación, sólo me veía ya encima de ella. El problema era que no sabía cómo había llegado hasta allí. El colega hablaba y hablaba y yo sólo veía a su novia, cómo se ponía boca arriba y boca abajo mostrando un culo desafiante. A mí ya se me estaba haciendo la boca agua. Ver aquellas redondeces prietas, tersas, que me estaban llamando a voces, me estaba poniendo malo. Volví por un momento a mi ser y pensé que era la chica de mi colega y no era plan; pero algo me decía que cuándo había andado con esos remilgos un cabrón con pintas como yo.

Yo estaba boca abajo, claro, totalmente empinado, cuando suena el teléfono dentro de la casa y va mi amigo a cogerlo. Le oí cómo saludaba a otro amigo y se ponían a charlar sobre el tiempo que hacía que no se veían, qué hacía, cuando se verían, etc.., yo ya vi que iba a ser para un rato y me dije que esta era mi ocasión. En aquella tarde calurosa una polla apareció en todo su esplendor pidiendo guerra, me acerqué sin que me oyera, lanza en ristre. Estaba boca abajo, perfecto, con los ojos cerrados, tomando el sol tranquilamente, sin imaginarse que, en breve, tomaría otra cosa. Con todo el morro del mundo me tumbé encima de ella y la dije ¡Tranquila, todo irá bien!

Ella quiso incorporarse, un poco asustada al sentir ya una cosa dura entre sus piernas, que se parecía a algo, que podría ser algo, que era impensable que fuera algo; pero que sí, que era ese algo.

¿A que te apetece uno rápido, eh?

¿Estás loco?

Pero ya estaba yo bajando un poco su minúsculo bikini y colocando mi poderosa verga entre sus acogedores muslos, buscando su placentera entrada. Ella dio su permiso poniéndose en una posición que me lo facilitaba más y ahí empecé a muellear frenéticamente, gustosamente, no había mucho tiempo, es más, se me acabó el tiempo.

Al imbécil de su novio ya se le oía despedirse y, de un momento a otro, colgaría y vendría a fastidiarme el polvo. No quise apurar demasiado, a pesar de que me estaba sabiendo a gloria y aún no había rematado, y me retiré rápidamente. Me crucé con él en la puerta diciéndole que iba al cuarto de baño; pero no iba a mear, iba a terminar de darle al cuerpo esa alegría que estuvo a punto de venir y que tuve que cortar.

UNA SEMANA ANTES

Un colega de la pandilla me presentó a una chica en un bar, iba con otra amiga, pero al instante me quedé embelesado con ella, quise hacerle la radiografía mental que suelo imaginar con todas para calcular en qué posición podría ser más excitante; pero esta vez estaba confuso. Era incomprensible; pero me había quedado atolondrado a primera vista.

Durante los días y noches siguientes andaba colgado con la chica en mi mente, mi obsesión era conocerla más, quién era, con quién iba. Me hacía el encontradizo, cruzaba algunas palabras tontas con ella, la quería invitar a cualquier cosa, e incluso dejé de comportarme del modo grosero y estúpido que solía. Estaba empezando a humanizarme, a enamorarme más bien; pero ella no me hacía mucho caso, al contrario, a veces delante de mí se daba algún besito con el idiota de mi amigo, lo que me ponía negro. Había decidido que esa chica debía ser para mí.

HOY, Sábado, 6 de Mayo de 2.000 15:41

Es el fatídico día en que me ha invitado mi amigo a un café a su chalet. Hacía un día estupendo. Yo, con el ansia de volver a verla, llegué más temprano de la cuenta.

Me fui acercando a la puerta por el jardín y no pude evitar oír unos sonidos que salían por la ventana abierta, me acerqué.

Vi, estupefacto, cómo su lengua jugueteaba con la verga dura, ansiosa, turgente y tensionada al límite, de aquél mequetrefe que, a cada expirar lanzaba un mudo quejido de placer. Un suspiro que iba helándome el corazón y me tenía paralizado mirando fijamente por aquella ventana abierta que daba al jardín.

No podía creer lo que veía; pero ahí estaba, mi dulce niña soñada, mi preferida, a la que tenía reservada para mí estaba tragando, estaba lubricando con su lengua y haciendo vibrar de placer aquella miserable polla, porque era de otro y no lo podía soportar.

Durante unos minutos más observé perplejo la pasión que ponía ella en su juego y el efecto gozoso que producía en él. Vi cómo se tumbaba en el sofá y, subiendo su minifalda, le mostraba aquel sexo excitante al que se lanzó a comer el infame. Yo veía su cara mostrando las ráfagas de placer que le iba proporcionando la lengua de aquél cretino y me sorprendí con una excitación repentina. El corazón me dio un vuelco al contemplar cómo se disponía a meter su pletórica polla en el preparado y latiente sexo de mi amada, No pude más y lanzándome hacia la puerta la abrí de un empujón.

15:46

Los dos me miraron sorprendidos, ya estaban el uno dentro del otro y mi brusca entrada les detuvo en seco. Me acerqué y de un empujón le aparté, él me quiso pedir explicaciones y antes de decir nada ya tenía un puñetazo en la boca que le tiró al suelo.

15:47

Ciego por la excitación, dominado por la furia de aquel desengaño, quise aprovecharme de la situación a toda costa. La alcé las piernas, la saqué y dispuse mi envarado instrumento para una potente y exultante entrada. Ella, allí tumbada, asustada y viendo la violencia en mis ojos, apoyó sus pies en mi pecho y haciendo palanca me empujó fuertemente hacia atrás.

Ya sabéis, amigos, que si una algo puede salir mal, sale. La fatalidad quiso que aquella mesita de salón estuviera allí, que tuviera las esquinas metálicas y que mi nuca fuera a empotrarse en ella.

Oí un chasquido, quedé inmóvil, sentí un dolor punzante que se fue de repente.

Lo último que vi fue mi polla erguida viniéndose abajo y muriendo conmigo.

Así es la vida, amigos y así de estúpida es alguna muerte.

Autor: Capullo Ferrys

 

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