Odiaba
llegar tarde y por eso siempre estaba corriendo de un sitio a otro, con el tiempo
justo.
Buenos
días, un billete de ida y vuelta a Milwaukee, no fumador, por favor.
Creo que se lo pedí a la impresora, pues fue la única que me contestó
con una serie de gruñidos y chirridos. Al cabo de unos segundos escupió
el billete de cartulina con la sentencia escrita: 24.95 $. Arrojé 25 $
sin esperar al cambio, una
estúpida
voz metálica, ininteligible salía del techo y supuestamente anunciaba
la salida inminente. Ding,dong,ding,dong, el auxccszzzd con dsdsddaffd a Mikljdfldfj
va a efectulkjñdf, dsf salidlñzxx por dársena diecxxcczz
ding,dong.
De nuevo
a correr, estaba ya hasta las narices. Allí le vi, parecía que me
esperaba a mí, el estúpido autobusero que cortaba los billetes con
aire más estúpido, engreído por esa superioridad que le daba
el uniforme y gorra de la empresa, Martínez Ltd. The Wisconsin Line 25
Bus Company, junto a ese medio puro que le sobresalía por la comisura del
labio. Él era allí el jefe, el que autorizaba a subir y al hacerlo
pensé que todo en él era estúpido y lo sería por mucho
tiempo más, quizás ya para toda su vida, es el sino de la gente
estúpida y no se puede hacer nada ya.
Al ir por el pasillo eché una rápida ojeada al pasaje, gente normal,
ah!, Allí había una jovencita que no estaba nada mal, gafitas, aire
delicado, muy mona, con aspecto de modosita; miré mi billete y con desilusión
comprobé que el 47 ventana quedaba justo al otro lado.
Me resigné a ir solo; además no estaba yo para dar conversación
tonta, ni para ligues matutinos, debía pensar en las duras gestiones que
me esperaban; pero eso me agobiaba mucho, mejor procuraría dormir o tendría
una fantasía con la modosita de protagonista. Me volví disimuladamente
y sentí cómo se ruborizaba un instante después de cruzarse
siete décimas de segundo nuestras miradas. ¿Qué pensaría
de mí?.
Ya en
plena autopista me dio por adormilarme, hasta que un brusco frenazo me despertó.
El estúpido arriba indicado, había parado en el Apeadero 23 de la
W-II Highway, como era su obligación. Alguien subió y por encima
del asiento vi
aproximarse
a una señora de pueblo, rellenita, rostro rubicundo y soleado, más
bien fea, sin edad definida, podrían ser 35 ó 48 años, de
las que pueden dar al marido un bofetón que le dejan sentado por haberse
atrevido a picar del revuelto de setas, huevos y picadillo de carnero que está
preparando en la sartén.
Horror, viene directa hacia mi asiento, qué fastidio, con lo a gusto que
estaba yo solo, ahora no podré moverme a mis anchas y seguro que anulará
mis pensamientos con la modosita.
Me dio los buenos días y estiró los dos brazos para colocar una
gran bolsa en el estante de arriba. Yo observé la operación y vi
enfrente de mí elevarse, erguirse dos auténticos melones que tomaron
vida propia por momentos y se me mostraron desafiantes tras un jersey ajustado.
La miré de arriba abajo con mayor interés, seguía siendo
fea para mi gusto, con el pelo sin cuidar, una falda algo abierta que, con generosidad,
me mostró dos potentes muslos morenos al sentarse. Unas medias hasta la
rodilla le acababan de dar el auténtico aspecto de pueblo total; pero la
imagen de esos bultos ascendiendo habían hecho interesantísimo al
conjunto.
El estúpido
ya mencionado había puesto mientras una película, me acomodé
como pude y traté de adormilarme otra vez. Pero algo había al lado
que me inquietaba, miré hacia la modosita y vi su perfil, esta vez ni siquiera
me miró, ella no; pero presentí que sí que me miraban; aquí,
justo a mi lado y un latido sonó en mi interior con más intensidad.
Fue un roce sin intención, o con ella, el caso es que vi su pierna junto
a la mía, para acto seguido ver su mano gordezuela avanzando por mi muslo.
Me quedé petrificado, sin moverme, ¿sería posible? ¡qué atrevimiento!
Una señora de pueblo me estaba tocando, a mí. ¡Imposible! Voy a
retirarla amablemente diciéndola que tal vez se haya confundido, o le haya
dado una impresión equivocada. Azaroso y perplejo fui a retirarla la mano
que, ya en pleno atrevimiento, estaba franqueando la bragueta de mi pantalón.
En una décima de segundo pasó una nueva instrucción por mi
cerebro y mi mano saltó súbita a acomodarse debajo de su seno potente,
robusto, prominente y retador, sujetado por un aro metálico, más
que por la insuficiente tela del sujetador.
Pero, ¿qué estoy haciendo?. Todo va muy deprisa y mi cabeza no procesa
estas situaciones inesperadas con la suficiente velocidad, quizás deba
dejarme llevar.
Me está ya tocando mi polla y ésta, inevitablemente, se levanta
sola, como si hubieran accionado un resorte, yo ya no la controlo, es ella la
que toma el control.
¡Dios
mío! Estoy excitándome; pero ¿cómo es posible? Es una mujer
que no es mi tipo, de pueblo, no me gusta nada, tiene medias hasta las rodillas,
en mi sano juicio ni de lejos lo hubiera imaginado; pero ya no tengo juicio. Mi
otro canal de inteligencia me dice que debo pararlo.
Demasiado tarde, ya estoy entrando a toda velocidad en una nueva fase de no retorno,
mi polla ha salido a la superficie como en un acto de izada de bandera. Me la
ha sacado, la ha liberado y me sorprende a mí mismo la erección
tan potente y rápida. Mi cuerpo actúa con piloto automático,
mi canal de inteligencia habitual ya no da las órdenes, el corazón
bombea sin cesar y veo a mi capullo al rojo vivo. Siento los latidos cuando su
mano la agarra, ya no es una polla, es un mástil, una verga granítica
y está sedienta, hambrienta, ansiosa.
Me la mantiene apretada unos instantes que se me hacen ya eternos, por favor,
le suplico en mi interior, muévete, no puedo más. Algo se ha desatado
y es imposible tomar el control, la miro suplicante, implorando su acción.
Súbitamente, se agacha y me la traga. Mi polla desapareció sumida
en un dulce y lubricado lecho que se ajustó como un placentero guante a
mi miembro, para aparecer nuevamente dejando una estela de su cálida saliva,
mientras un primer flash placentero me hacía dar un gemido. ¡Aaaaahh!.
Por un instante levanto la cabeza, miro alrededor, trato de recuperar los sentidos
y oigo el apagado pero delicioso sonido del rítmico sube y baja, sube y
baja, sube y baja, chopp, chlop, blufff, bloof.
¡Dios
mío! Creo que la gente ya lo está notando, veo a la modosita que
me está mirando con cara de estupefacción, otro pasajero se mueve,
intuyendo algo, hasta veo por el retrovisor de adelante la estúpida cara
del autobusero mirando; pero, ¡es imposible que lo note desde allí! No
lo oye; pero ve mi en mi cara gestos y muecas que delatan algo distinto.
La mujer se levanta un momento, me mira y mira hacia la carretera, ¡Dios santo,
lo que me faltaba! Un estúpido camionero, al que estábamos adelantando,
nos miraba haciendo gestos obscenos, veía mi lanza en ristre y la hermosa
lengua de aquella mujer lamiéndola; acelaraba el muy cabrón para
evitar que lo adelantáramos y continuar viendo el
espectáculo.
Yo, como por instinto, la agarré de la cabeza y volví a esconder
mi cipotón en su boca, en su sitio; ya no había freno posible, sube,
baja, sube, baja, bloof, plof, bloofls,ploofssd, me muevo en el asiento al compás,
todo se mueve, quizás lo noten, ya me da igual, los demás, el autobusero,
el camionero, la modosita; estoy en la zona del placer y sólo saldré
por la puerta grande, después del triunfo.
Los ojos cerrados, la mente concentrada, la polla metiéndose y saliendo
sin cesar, con estupendo ritmo cadencioso, en esa boca que ahora me parece la
maravilla, siendo recibida a veces con suavidad, otras tragada con furor, emergiendo
una y otra vez de unos labios carnosos, lubricados, apetitosos, que van dejándome
estelas de placer.
Una
y otra vez su lengua trabaja con insólita y desconocida maestría
para mí; mientras noto que un magma hierve en mi interior. La mujer lo
sabe, lo nota, quiere jugar aún más conmigo y frena en seco. Se
levanta.
No hija no,
ya no estoy para frenazos y con las dos manos vuelvo a clavar mi mástil
en su dulcísima boca, ¡qué me importa ya todo! Mi líbido
grita bestialmente por liberarse, arriba, abajo, arriba, abajo, arriba, abajo;
ahora soy yo quien marca el ritmo en la fase final y no te voy a dejar parar,
ya no puedes parar, ya no......
Ella lo notó, ¡¡Aaaahhh!! Mi polla con un latido se expandió por
un instante y al contraerse una descarga volcánica irrumpió, y luego
otra, y otra, derramando oleadas de placer. Unos segundos en blanco, de intensidad
total y desconocida. ¿Qué estaba siendo aquello?
Aún con la boca abierta y el cuerpo envarado por la tensión, abrí
los ojos. Conecté poco a poco con el canal de la realidad y los sentidos
volvieron a funcionar. Ahora llegará el bochorno, el sofocón. Vi
a la mujer con la cara salpicada por mi semen, que aún goteaba en pequeños
impulsos de mi todavía enhiesto cipote, el asiento de delante también
salpicado
y
mis pantalones del traje de 799.95$ totalmente manchados. ¡Dios Santo, qué
había pasado allí! En esos minutos en que había estado ausente
de la realidad. La gente de alrededor seguro que habría notado mis mudos
y contenidos jadeos, a pesar de la película de vaqueros, El hombre que
mató a Liberty Valance, creo que se titulaba, muy buena, la recomiendo.
Había
sido bestial y ahora quizá tendría que dar azarosas explicaciones.
Miré a mi alrededor, sorprendí a la modosita, con cara de espanto,
que rápidamente se volvió esta vez totalmente ruborizada, miré
a mi benefactora, ya completamente restablecida y con una sonrisa que me pareció
estúpida.
No
lo pienso más, me recuesto en el asiento, me limpio como puedo y trato
de dormir hasta el final del viaje; pero no puedo. ¿Tú podrías?
Pienso que tal vez haya sido un sueño, una fantasía que debí
tener con la modosita que sí que estaba rica, y se cruzó por el
medio, incomprensiblemente, esta señora de pueblo.
Ya llegábamos a Milwaukee y me sentía violento, no quería
moverme de allí; pero todo el mundo salía, no sé si se vuelven
a mirarme o es una obsesión mía. Al estúpido autobusero le
ha vuelto a salir un medio puro por la comisura de los labios, y sonríe,
mostrando un hueco en su dentadura, mientras me despide esta vez tan amable.
Veo alejarse a una mujer, algo gordita, culona, con una falda paleta y las medias
por las rodillas y pienso en su boca maravillosa. No la volveré a ver;
pero en mi mente quedará ese maravilloso abajo, arriba, abajo, arriba...¡Aaahhh!
Autor: CONTABLE